miércoles, 3 de marzo de 2010

Recordando la masacre de los horcones en Honduras donde fallecieron dos sacerdotes Casimiro y Ivan Betancurt

 
hace 33 años, en junio del 1975, en la que fueron asesinados por militares al servicio de los terratenientes 12 campesinos, entre ellos dos mujeres y dos sacerdotes que trabajaban con ellos.



El campesinado hondureño tiene una trayectoria significativa de lucha por la tierra. En esa época la Unión Nacional Campesina de Honduras, organizaba una marcha nacional de campesinos, para exigir al gobierno militar de facto la entrega de tierras para producir alimentos y reducir el hambre.



Agentes de pastoral insertos en la vida rural acompañaban al pueblo campesino y sus organizaciones. Los sacerdotes asesinados en esa jornada, Padres Casimiro (misionero diocesano estadounidense) e Iván Betancourt (franciscano colombiano) trabajaban en la zona; pero no estaban participando en la marcha por la tierra; fueron detenidos porque los terratenientes los miraban próximos de las luchas campesinas.



Los padres asesinados son expresión de esa iglesia renovada en el Vaticano II y sacudida por el espíritu de Medellín. La iglesia hondureña que tenia poquísimos sacerdotes respondió organizando el ministerio de los "Delegados de la Palabra de Dios", que eran líderes campesinos con una formación bíblica-cristina básica y el reconocimiento eclesial, que animaban la vida de la Iglesia en las pequeñas comunidades rurales. La formación de los delegados de la palabra, tuvo un impacto fuerte en ámbito nacional, ayudando a despertar la conciencia de los campesinos/as hondureños.



También tuvo un impacto eclesial centroamericano, tanto en El Salvador como en Nicaragua, el ministerio de los delegados de la palabra, que se extendió rápidamente por amplias zonas rurales, teniendo también el efecto profético de contribuir a despertar las conciencias.


El autor del testimonio, P. Bernardo Boulang (sacerdote francés), era párroco en el Departamento de Olancho, región donde se dio la masacre. Escribe a 33 años de aquellos acontecimientos que iniciaron un fuerte despertar entre el pueblo hondureño. Trabajó más de 30 años en Honduras, El Salvador y Nicaragua.



Como tantos hombres de fe entregó lo mejor de sus energías en una opción por esos pueblos empobrecidos, que vivieron los conflictos bélicos de la década de 1980. Actualmente está jubilado en Francia, pero visita cada año a Centroamérica para alentar una comunicación fraterna y la formación de redes de solidaridad entre comunidades de Honduras, El Salvador y Nicaragua que dan el testimonio de su fe, y algunas comunidades cristianas de Francia, que comparten apoyando pequeños proyectos socio-educativos para mejorar la calidad de vida de los más empobrecidos
 

El testimonio:


Los que no tienen memoria no tienen futuro.

Bernardo Boulang (*)



Tuve la gran dicha de vivir en Olancho por 8 años, de 1974 a 1982 y desde esas fechas participé varias veces en la celebración de los mártires del 25 de junio. Este año, estuve en la celebración del 33 aniversario de la masacre del Santa Clara y de Los Horcones. Conmigo participaron 9 franceses y uno de ellos tomó la palabra para manifestar su solidaridad.



Me llamó la atención la participación de mucha gente, pero también, la falta de memoria histórica en muchas personas, aún, en algunos responsables de la Iglesia.



Me di cuenta que no se puede encontrar el libro del Padre Bernardo Meza sobre el Padre Iván Betancourt, y el libro de la Hermana María García, sobre la historia de Olancho. Cuando estaba buscando los libros, me pidieron de hacer este artículo que escribo con mucho gusto, basándome en mi memoria, en algunas anécdotas y sobre todo, en 3 documentos de esos años
1-La carta a nuestros queridos hermanos Iván y Casimiro, sea que estén vivos o muertos, escrita el 8 de julio de 1975 (13 días después de la masacre);



2-La carta pública a los familiares de los asesinados en Olancho, escrita el 22 de julio de 1975 (27 días después de la masacre);



3-La homilía del 30 de octubre de 1978 (en la primera y única misa celebrada cerca del pozo de malacate de Los Horcones).




Lo programado era una marcha de campesinos sin tierra




Más o menos 700 campesinos salían de Juticalpa en una marcha, para pedir que se cumpliera la Ley de Reforma Agraria. Iban a reunirse en Tegucigalpa con campesinos y campesinas que llegarían de todo el país, pero los de Olancho no pudieron ir más allá de Lepaguare; la marcha fue impedida por hombres armados y por ganaderos y terratenientes.



En el documento número 2 se dice: " ustedes deben sentirse muy orgullosos de contar entre sus familiares a personas que han muerto por los pobres…


Todos estos esfuerzos y sacrificios se van sumando a esa corriente de lucha por hacer un mundo más justo donde pasamos de condiciones menos humanas a condiciones de vida más humanas
Era una marcha pacífica.



Después de la misa que celebré el 25 de junio a las 3 de la mañana para los y las que me habían pedido este acto litúrgico, uno de los participantes en la marcha me buscó para entregarme su pistola diciéndome: "nos han dicho que es una marcha pacífica y que no tenemos que andar con armas. Por favor, que me guarde esta pistola".



En la carta pública que escribimos a Iván dice: "Sabemos que ustedes no quisieron nunca la violencia como los han calumniado".

 
Catorce mártires del pueblo



Después de 2 meses de exilio afuera de Olancho, pudimos volver al Departamento. Creo que puedo afirmar que siempre hemos recordado la memoria de los 14 masacrados.


Es cierto que no fuimos al lugar de Lepaguare antes del 30 de octubre de 1978, pero siempre tuvimos presente la memoria de los 14 mártires; la mayoría de ellos pertenecía a la Unión Nacional Campesina (UNC), unos a la Democracia Cristiana (DC), otros, miembros activos de la Iglesia como los 2 sacerdotes y varios delegados de la Palabra.



Lo que quisimos era reconocer que todos eran miembros del pueblo e hicimos lo posible para que ningún grupo, ni la Iglesia, se apoderaran de ellos.



Todos unidos en la lucha por la VIDA del PUEBLO.




No fue la iglesia quien organizaba la marcha.



Iván y Casimiro no participaban en la marcha. Iván había ido a Tegucigalpa a recoger a su mamá Doña Felisa, que por primera vez venía a Olancho; Casimiro había venido de Gualaco a Juticalpa (capital del Dpto de Olancho) a hacer algunos mandados.



El 25 de junio desayuné con él en el obispado donde yo vivía y percibí en una de sus reflexiones que no se daba cuenta de la situación. Fue capturado y llevado a la cárcel cuando iba a subir al bus para volver a su parroquia.



En los testimonios que recogí después de la masacre, me contaban que en la cárcel se portó con los detenidos como un hermano y un sacerdote.



Es cierto que celebré la misa en el Centro Santa Clara antes de la marcha. Hacía pocos meses que estaba en Honduras y a mi llegada a Olancho Mons. Nicolás me había pedido de acompañar a los grupos campesinos.



Pero cuando tomaron la decisión de realizar la marcha pacífica, no quise estar presente, porque no quería por mis palabras o por mi silencio, influir sobre las varias reacciones que se iban a presentar.



Celebré la misa en la madrugada del 25, porque unos grupos me lo pidieron la noche anterior. Es cierto que la Iglesia no podía estar afuera de estos acontecimientos.



La iglesia acompañaba.



En la carta a Iván y Casimiro decíamos: "Sabemos que ustedes han cumplido su tarea… ¿Cómo quedarnos callados ante la verdad que hay que decirla, ante la injusticia cuando hay que denunciarla, ante el evangelio que nos libera?



Hay algo que nos preocupa: ¿Seremos fieles hasta el final? ¿El miedo nos hará callar? ¿La Iglesia se quedará encerrada en las sacristías? ¿Iremos a quedar pasivos ante las exigencias de nuestros pastores expresadas en el Concilio Vaticano II y en la reunión de Medellín?"




En conclusión




Cultivar la memoria histórica es recordar el pasado. Eso nos permite reconocer errores para seguir adelante y también alegrarse de la presencia del Espíritu que nos permite ser fieles a nuestra misión.



Para terminar, quisiera dejar unas frases de la homilía pronunciada el 30 de octubre de 1978, cerca del pozo donde ocultaron los cadáveres de las víctimas: "…dirigiéndose a los Caínes de hoy que siguen matando a los Abel", decía: " ¿Por qué no aceptan ustedes cambios profundos y radicales como lo reclamaban los obispos de Medellín? ¿Por qué quieren perpetuar unas estructuras y un sistema injusto que producen la muerte lenta e inevitable? ¿Por qué no permiten a un pueblo levantar la cabeza agachada desde tantos siglos? ¿Por qué torturan y asesinan a sus hermanos que quieren cambiar esta situación de hambre y miseria, que es una situación de violencia institucionalizada?"


(*) Sacerdote animador de grupos pastorales de adultos mayores. Fue expulsado de Honduras por el gobierno militar en l982. Posteriormente, trabajó en El Salvador y Nicaragua