jueves, 15 de abril de 2010

HITLER EN MISA Y OTRAS SUPUESTAS PRUEBAS DE COMPLICIDAD DE LA IGLESIA CON EL NAZISMO



Los líderes católicos sembraron el odio contra los judíos.- El holocausto judío no comenzó cuando Adolfo Hitler envió a las cámaras de gases a millones de judíos, sino cuando los líderes cristianos sembraron las semillas de odio en contra del pueblo judío: durante siglos la Iglesia los llamaba «pérfidos». Un general alemán, interrogado durante el Juicio de Nuremberg acerca de cómo un país tan adelantado como Alemania fue capaz de exterminar a seis millones de judíos, contestó: «Hace muchos años y siglos se ha predicado que los judíos no eran humanos, mentira que nosotros creímos y aceptamos en nuestro corazón. El resultado de una mentira propagada por tantos siglos se acabó aceptando como una verdad. El resultado fue inevitable» (Las raíces del cristianismo antisemita, Freedom Library Press, New York, pág. 3).


 

Hitler era católico, y tuvo todo el apoyo de la Iglesia.- Adolfo Hitler era católico; hasta hay una foto en el que se le ve saliendo de Misa. Además le dijo a un amigo cuando eran jóvenes que su deseo más ardiente era haber podido ser un sacerdote católico. Después que escribió su libro Mi lucha, dio este testimonio público: «Yo soy ahora tan católico como lo he sido siempre». Cuando firmó el convenio entre el Tercer Reich y la Iglesia católica, afirmó: «Yo sólo estoy continuando la obra de la Iglesia católica romana». Además, citaba frecuentemente la Biblia para basar sus ataques contra los judíos. Hasta el día de hoy muchos judíos consideran a Adolfo Hitler como «cristiano» porque el Papa «le dio su total apoyo».


 

El Vaticano estaba tan ansioso de obtener el favor del Tercer Reich que constantemente le daba su bendición públicamente. El Vaticano y Hitler firmaron el 20 de julio de 1933 un acuerdo de apoyo. Cuando Hitler invadió Austria, el cardenal Innitzer le recibió y saludó personalmente con la señal de la cruz, y le aseguró el apoyo total de Roma diciéndole que «todos los católicos debían ser considerados los hijos verdaderos del Tercer Reich


 

durante el pontificado de Pío XI— sino media Europa firmó tratados con Alemania en 1933. ¿Por qué? Porque en 1933 ni el Vaticano ni ninguna nación sabía lo que Hitler tenía en mente. El acuerdo firmado por la Santa Sede y el gobierno alemán aseguraba para los años siguientes el derecho de la Iglesia a realizar sus funciones evangelizadoras en Alemania. El Concordato garantizaba también que si Alemania rehiciera su ejército, los soldados tendrían acceso a capellanes; pero esto no significa que la Iglesia aprobara o promoviera el rearme, sino que lo firmó buscando acercar la conversión y los sacramentos a todos en todas las circunstancias posibles.


Con el paso de los años se fueron descubriendo las verdaderas intenciones de Hitler, y la Iglesia se fue pronunciando en contra de ellas. Pío XI publicó el 14 de marzo de 1937 la encíclica Mit brennender Sorge («Con ardiente preocupación»), cuando Eugenio Pacelli —futuro Pío XII— era su secretario de Estado. El documento condenaba no sólo la persecución de la Iglesia en Alemania sino también el neopaganismo de las teorías raciales nazis.



Mit brennender Sorge disgustó tanto a los nazis que un memorándum interno del gobierno, fechado el 23 de marzo de 1937, calificó a la encíclica de «casi una declaración de guerra contra el gobierno del Reich».



Por otra parte, los clérigos católicos fueron de los primeros en Alemania en reconocer la amenaza que suponían los nazis. En 1930, los obispos de Berlín y Westfalia condenaron a los nazis en cartas pastorales. En la primavera de 1931, los obispos bávaros condenaron igualmente al nacionalsocialismo y lo describieron como incompatible con el cristianismo. Declaraciones semejantes fueron hechas por los obispos de Colonia, Paderborn y el alto Rin. A raíz de esto, el 28 de octubre de 1935 el Ministerio de Propaganda nazi impuso la censura previa a todas las publicaciones periódicas de la Iglesia, y el 30 de noviembre de 1935 la medida se extendió a todo el material gráfico o escrito que fuera a ser distribuido. Por eso, después de 1937 los obispos alemanes abandonaron sus infructuosos intentos de imprimir sus pastorales y se limitaron a leerlas desde los púlpitos, pero a veces eran confiscadas antes de llegar al templo.



Como Hitler era austríaco de nacimiento, llegó a Viena y se entrevistó con el cardenal Innitzer, del que logró con engaño una desafortunada declaración del episcopado austríaco en que se ensalzaba el nacionalsocialismo alemán. En seguida vio lnnitzer que había cometido un grave error, y añadió una nota aclaratoria. Como era de suponer, la propaganda nazi aireó la declaración, pero omitiendo toda referencia a esa nota aclaratoria. Innitzer fue llamado a Roma y a los pocos días publicó una rectificación mucho más contundente. Sólo después fue recibido por Pío XI, pues hasta entonces no había querido hacerlo. La respuesta nazi fue ignorar la rectificación, suprimir las organizaciones juveniles católicas, la enseñanza de la religión y hasta la Facultad de Teología de lnnsbruck. El palacio arzobispal de lnnitzer fue asaltado y arrasado por las juventudes hitlerianas.



Hay muchas fotos en que aparece Hitler con obispos, presbíteros y monjas católicos, y que se usan para «demostrar» el contubernio entre la Iglesia y el nazismo. Intencionalmente se omiten las fechas, pues fueron tomadas años antes de que el dictador hiciera públicas sus más bajas intenciones. Aun así, seguramente hubo miembros de la Iglesia —clero y feligreses— que finalmente renunciaron a Jesucristo y se pronunciaron a favor del Fürher, pero justamente en ese momento dejaron de ser Iglesia.



En la década de 1920 Hitler dijo a Ludendorff, alto oficial del ejército alemán, que tenía que disimular su odio al catolicismo porque necesitaba el voto de los católicos bávaros tanto como el de los protestantes prusianos: «El resto puede llegar más tarde».



Y tenía razón, pues, cuando la hora llegó, «los ataques públicos de los nazis contra el cristianismo producían mucha insatisfacción en el pueblo alemán, y especialmente en las zonas católicas. Los intentos locales de los funcionarios nazis de restringir las prácticas religiosas y eliminar los crucifijos de las escuelas ocasionaron tal indignación, tales tumultos y unas protestas tan furiosas que los funcionarios, en general, revocaron sus órdenes» (Los Verdugos Voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto, Daniel Jonah Goldhagen [historiador judío-esatadounidense], Taurus, Madrid 1998).




El testimonio de un ex—nazi


Hermann Rauschning (1887-1982) fue un terrateniente alemán nacido en Thorn /(hoy Polonia) que ingresó al partido nazi en 1931y fue designado presidente del Senado de Danzig. Durante este período estableció directas relaciones con buena parte de la dirigencia nazi, reuniéndose en varias ocasiones con el propio Hitler. Habiéndose arrepentido del nazismo tras conocerlo por dentro, renunció al partido en noviembre de 1934 y se exilió en Estados Unidos. En 1939 escribió un libro titulado Hitler me dijo, que, según su autor, recoge el contenido de diversas reuniones y conversaciones que el líder nazi mantuvo con su círculo más cercano y de las que él mismo fue testigo y partícipe. Ahí, asegura, Hitler «expuso sin tapujos sus ideas verdaderas, ideas que siempre ocultó».



Hitler realizó muchas acciones contra la Iglesia, la mayoría de ellas de manera velada. Entre sus planes incluía la destrucción del Vaticano y, más aún, el asesinato de Pío XII. Datos sobre este objetivo fueron confesados por Karl Wolff, antiguo general de las SS.



FRANCO Y LA IGLESIA