ROSA

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domingo, 16 de mayo de 2010

JUDIOS ESCONDIDOS EN LAS CATACUMBAS COMO LOS PRIMEROS CRISTIANOS

Escondidos en las catacumbas como los primeros cristianos


 


Hay muchos que desconocen el enorme trabajo de la Iglesia para ayudar a los judíos perseguidos por el nazismo. La campaña de calumnias contra Pío XII ha empeorado la situación, dando la impresión que la Iglesia no sólo no ayudó a los hebreos sino que en cierta manera fue cómplice de la masacre nazi. Presentamos a nuestros lectores más testimonios que muestran la enorme falsedad de dichas aseveraciones. Nos basamos en el libro “Los judíos, Pío XII, y la leyenda negra”, de Antonio Gaspari.


 


Fotos de tres niños que fueron escondidos por cristianos y devueltos al judaísmo por medio de la Organización de la Coordinación después de la guerra, Lodz, Polonia (Archivo de Yad Vashem).
Fotos de tres niños que fueron escondidos por cristianos y devueltos al judaísmo por medio de la Organización de la Coordinación después de la guerra, Lodz, Polonia (Archivo de Yad Vashem).


 

Hilda Ianina Naval en su acto de confirmacion, Katovich, Polonia (Museo del Holocausto, Washington)

Hilda Ianina Naval en su acto de confirmaci�n, Katovich, Polonia (Museo del Holocausto, Washington)

El niño Vilhelm Herding en un convento en Munich, Alemania, 1949.

El ni�o Vilhelm Herding en un convento en Munich, Alemania, 1949. 

Hilda Bela Hinek durante su estadia en el convento, Berl�n 1943.

Hilda Bela Hinek durante su estad�a en el convento, Berl�n 1943. 

Niñas judias que fueron escondidas en un convento. Antwerpen, Belgica (Archivo de Yad Vashem).Ni�as jud�as que fueron escondidas en un convento. Antwerpen, B�lgica (Archivo de Yad Vashem). 

Portada del album de los niños del Kibutz Lodz Niños vuelven al judaismo.

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Activista de la Organizacion de la Coordinacion y una de las niñas, Polonia.

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Cuatro jovenes judias que fueron ocultas en lo de familias cristianas.

Cuatro j�venes jud�as que fueron ocultas en lo de familias cristianas. 

Niñas judias que fueron ocultadas en un convento durante la guerra en compania de soldados britanicos. Anwerpen, Belgic

Ni�as jud�as que fueron ocultadas en un convento durante la guerra en compan�a de soldados brit�nicos. Anwerpen, B�lgica

Salvados en las catacumbas: arriesgando sus vidas, muchos religiosos lograron salvar gran números de perseguidos por el nazismo, gracias a la utilización de las catacumbas como lugar de escondite.

 


“... con la ocupación nazi de Italia, que tuvo lugar el 8 de septiembre de 1943, las catacumbas dejaron de ser meta de visitantes para volver a ser refugio de perseguidos. Después de casi dos mil años, donde antes se escondieron los primeros cristianos, se ocultaban los judíos.


 


Las catacumbas de San Calixto, situadas en una área de sesenta mil metros cuadrados de terreno con 235 locales subterráneos, propiedad de la Santa Sede, se convirtieron en centro de acogida para todos los adversarios del régimen.


 


A este propósito, don Virginio Battezzati, director de la comunidad salesiana de San Calixto, escribió: “Casi al mismo tiempo que los salesianos, se refugian en esta propiedad de la Santa Sede hombres de diversas categorías, que por las particulares condiciones políticas no están seguros en su casa, o por huir de represalias y redadas. No es oportuno citar los nombres e indicar los varios colores de los partidos a los que pertenecían. Se practicó la caridad cristiana.”


“En la extensión de la propiedad pontificia de las catacumbas, había dos comunidades salesianas distintas, la de San Calixto, casa de los guías y de formación y, a trescientos metros de distancia, la de San Tarsicio, que comprendía una escuela de iniciación agraria, una pequeña escuela elemental y un oratorio Don Bosco.


Don Michele Valentini y don Ferdinando Giorgi se encargaron de coordinar las actividades de asistencia.  Don Giorgi, un estudiante de conservatorio de veintinueve años, con espíritu alegre, extravertido, emprendedor y generoso, era el “brazo”, mientras que don Valentini, licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana, y en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico, era la “mente”. Diplomático y reservado, don Valentini mantenía el contacto con la procura salesiana, con el vicariato de Roma y con el Vaticano. Desde el principio se refirieron a las catacumbas de San Calixto los militares que no querían adherirse a la República de Saló, los políticos antifascistas y también algunos judíos.


 


“Ha sido difícil encontrar documentación de cuanto ocurrió en aquellos años y en aquellos lugares. Las razones son obvias: el carácter totalmente excepcional, contingente y discontinuo de la actividad asistencial, el tiempo y el lugar donde se desarrolló. Las circunstancias requerían que no quedara prueba alguna de la acción clandestina, confiando la difusión de las noticias sólo a la comunicación oral. Algo que en tiempos normales hubiera sido transcrito. Bajo tal óptica no debe asombrar que de tal actividad sólo se encuentren crónicas personales y recuerdos orales.


 


La reserva sobre la actividad asistencial, especialmente a favor de los judíos, se mantiene aún entre los protagonistas de aquellos momentos. Para demostrarlo basta con leer lo escrito en 1989 por monseñor Camillo Faresin, obispo de Guiratinga (Mato Grosso, en Brasil), a su hermano don Santo Cornelio, con ocasión de la distinción otorgada por la comunidad judía de Belo Horizonte en Brasil: “Sabes cuánto he intentado ayudar durante la guerra y no quería que se hablase de ello, pero, cuando menos me lo esperaba, ha salido a la luz la historia y así sea glorificado el Señor: hemos acogido la orden de Pío XII: "salvad a los judíos", incluso con sacrificios y peligros. No es oportuno hacer propaganda.”


 


Entre los judíos refugiados en las catacumbas estaba el anciano Giuseppe Sornaga, que se hacía llamar Giuseppe Rossi para no levantar sospechas. Junto a él, Sergio Morpurgo, de dieciocho años, hijo de Luciano, originario de Spalato. Luciano Morpurgo fue editor, escritor, fotógrafo, y estaba casado con la vienesa Nelly Fritsch. Sergio Morpurgo vive la actualidad en el extranjero, mientras su hermana Silvana vive en Roma. Sergio Morpulgo escribió, en una carta enviada a su padre, una relación detallada sobre su experiencia en las catacumbas:


 


“Una escalera oscura y empinada, un breve pasillo, más escalones, otro pasillo, una capilla. Estoy en las catacumbas, un cementerio subterráneo que se extiende a través de un complicado laberinto de galerías y pasadizos, en ocasiones acrobáticos. Es una pequeña ciudad escondida y desconocida, una ciudad sin nombres de calles y sin luz, con tumbas en lugar de casas, calaveras y huesos en lugar de monumentos. Se pueden recorrer kilómetros sin encontrar una persona, sin oír un sonido, atentos siempre a los desprendimientos, yendo tras las piedras puestas para guiarnos en el camino de vuelta, y que, si nos perdiésemos, permitirían a alguien encontrarnos.


 


“Hay humedad en las catacumbas y el aire que se respira no es ciertamente sano, pero tenemos necesidad de conocer a fondo, de explorar todos los meandros porque no sabemos qué va a ocurrir en estos tiempos en que vivimos. Quizá tengamos necesidad de escondernos, y no hay lugar que ofrezca escondites más seguros que estas catacumbas oscuras, donde un hombre inexperto no se puede aventurar sin guía. Y guías no hay, porque las catacumbas, al menos en algunos puntos, han estado siempre cerradas al público. Sólo los curas las conocen y ellos, más preocupados que nosotros por nuestra suerte, nos acompañan, nos guían y nos aconsejan.


 


“En las catacumbas tenemos toda nuestra pequeña  organización: velas, algunos víveres, agua, jergones de paja con mantas, algún arma, y aquí, en la espera y en el temor, en la esperanza y en el sufrimiento, vemos surgir ante nosotros los espectros de miles de peligros sin nombre.”


La carta del joven Morpurgo continúa presentando un cuadro detallado del choque entre las tropas nazis y las fuerzas aliadas.


 


“No lejos de aquí, los alemanes, en su desatada crueldad, han cometido la horrenda masacre de las Fosas Ardeatinas: ¿de qué otras infamias se mancharán, antes de ahogarse en la sangre inocente que han esparcido?


 


“Roma, tan cercana, nos parece una ciudad muerta, más muerta que las catacumbas que están debajo de nosotros; aquella que un día era nuestra vida cotidiana, alegre o triste, parece un lejano sueño que no podrá revivir. Todo lo que era bello ya no es la realidad. La realidad es la de los alemanes que desfilan orgullosos por las vías consulares, de los alemanes que depredan, torturan, matan. La batalla está cercana, pero sólo en el espacio, el cañón gruñe sordo y los días pasan... 11 de mayo. La noticia que todos esperábamos. El V y VIII ejércitos han atacado desde Cassino hasta el mar... La marea liberadora avanza irresistiblemente, nuestra moral sube, se prepara al entusiasmo del día tan esperado y puede que cercano. Nuestra mente todavía está llena de aprensiones y de temores: la guerra, la batalla que traerá la liberación se acerca cada vez más. ¿Qué harán los alemanes, derrotados por un enemigo implacable que no concede tregua? ¿Desfogarán su ira bestial sobre la población inerme, sobre la ciudad tan duramente golpeada? ¿Nuevas deportaciones, nuevas masacres, nuevas devastaciones?


 


“Llegan los prófugos, cansados, postrados, describen sus vicisitudes: son de Lanuvio, de Cecchina, de Padua, de Pomezia, alegres pueblos que la furia inexorable de la guerra ha desencantado.


 


“¿Por qué no iba a suceder en Roma? ¿Por qué los alemanes, que no respetan ni hombre ni Dios, iban a respetar la ciudad sagrada para la religión y para la historia? Ni siquiera sabemos formular las respuestas a estas preguntas y nos preparamos; la tempestad se acerca, pero hemos durado hasta ahora, duraremos para entonces.


 


“Tres noches frías de catacumbas, en nuestros lechos húmedos, hechos de paja, puestos en las tumbas de los primeros papas o de los primeros obispos, tres noches largas, porque la noche es igual al día: la misma oscuridad, el mismo frío, la misma ansia.


 


“Noche del 3 de junio, tan bella, tan distinta de todas las demás. La última línea de defensa alemana al sur de Roma se ha venido abajo. Los aliados avanzan irresistiblemente, la liberación está cerca. Por la Via Appia vemos los miserables restos de aquel que había sido el ejército que llegó hasta Estalingrado, hasta el Elbrus, hasta el cabo Norte, hasta Alejandría. Caballos y hombres, carros y cañones, todo está cansado, destrozado, desesperado.


 


“Roma es nuestra, todos sabemos que será un gran día.


 


“Es el 4 de junio, parece un día como cualquier otro, y, sin embargo, es tan distinto. El cañón calla, y ni siquiera un aparato surca el cielo: parece una tregua de armas, una tregua para salvar Roma. Desde todas direcciones se oye un único rumor: el de las minas. Son las 18.00; una explosión formidable, imprevista. Los alemanes, los últimos gastadores, han hecho saltar el puente de la Marrana, un pequeño puente sobre un foso, cercano al lugar del Quo vadis donde Jesús se encontró con San Pedro. Cuatro tanques aparecen de improviso en la Ardeatina, alguien los ve. Nos llama. ¿Serán alemanes? Extraño, pero no tienen las estrellas. Son americanos. ¡Viva! Como un loco corro, corro, los veo cerca de mí, los puedo tocar, no es un sueño... He estudiado el inglés durante, meses, esperando este momento, y ahora no soy capaz de balbucear una palabra. Pero entiendo que se ha terminado, que finalmente se ha terminado, no importa lo que digo o balbuceo. Somos libres: el gran momento que hemos esperado tanto ha llegado. Finalmente.”


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En la casa de San Tarsicio, junto a Morpurgo y Sornaga, estaba refugiada toda una familia judía, compuesta por cuatro personas. El mayor de los hijos se refugió en San Tarsicio sólo en enero de 1944, después de un período de rebeldía pasado con Sergio Morpurgo en Velletri. El padre, con el falso nombre de Terzagora, daba clases a los muchachos del instituto. El hijo mayor tomó el nombre de Emilio Guidotti con un certificado falso y con la tarjeta de la TODT (organización fascista del trabajo).


 


Un día, la madre vio al marido caminar entre dos oficiales alemanes en el camino central de la propiedad. Pensó en lo peor y, en cambio, el marido simplemente hacía de guía turístico religioso a sus acompañantes gracias a su conocimiento de la lengua alemana. La misma lengua que lo había salvado a él y a su mujer cuando por un instante logró huir de la redada del 16 de octubre de 1943. La familia judía permaneció con los salesianos hasta la llegada de los americanos.


 


Entre los muchos que se refugiaron en las catacumbas estaba también el general Ezio Ganbaldi, nieto del famoso Giuseppe. Diputado a la Cámara de los fascios y de las corporaciones, cayó en desgracia durante el fascismo sobre todo por sus intervenciones a favor de los judíos y por su hostilidad a la alianza con los alemanes. Muy dura fue su toma de posición contra el racismo “a la alemana”, definido por él como una “estupidez”. Después, logró entrevistarse con Pío XII y se hizo católico junto con su esposa americana y su hija Anita.


 


También el subteniente Maurizio Giglio, agente del Office of Strategic Service (OSS) al servicio del V Ejército, estaba en comunicación con los salesianos que llevaban la red de asistencia. Era el único oficial en contacto con Peter Tompkins, jefe operativo del OSS llegado a Roma en enero de 1944. Delatado, Giglio fue capturado en marzo dc 1944 por la banda de Koch. Fue torturado pero no habló. Murió en la matanza de las Fosas Ardeatinas.


 


La inteligencia al servicio del prójimo: ¿cómo se organizó la Iglesia para salvar a tantos hombres a pesar de la feroz persecución? 


“Al tratarse de una propiedad de la Santa Sede, se suponía que el espacio ocupado por las catacumbas sería inviolable. En realidad, los milicianos nazi fascistas violaron en muchas ocasiones la extraterritorialidad. Tuvo lugar antes de la Navidad de 1943, con la incursión en el Colegio Lombardo y el arresto de numerosos elementos de izquierda ocultos en él, y la irrupción en la abadía de San Pablo extramuros con el arresto de más de sesenta refugiados, además de requisar vehículos, armas y combustible. También el Pontificio Instituto Oriental fue visitado por 1a banda del fascista Koch. El mayor de las SS Herber Kappler, jefe de seguridad en Roma, justificó las intervenciones con la tesis según la cual “el abuso del derecho de asilo... podría llevar a los alemanes a no respetar más los derechos extraterritoriales de los edificios pontificios”.


 


Los religiosos y los sacerdotes no gozaban de inmunidad alguna aunque tenían su tarjeta de identificación. Se arriesgó y se salvó el irlandés de la congregación del Santo Oficio, monseñor Hugh O'Flaherty, conocido como la “primavera roja del Vaticano”. Como se mostró en una famosa película, monseñor O'Flaherty creó una organización clandestina para esconder a los prisioneros evadidos, opositores al régimen, y conseguir disfraces y documentos de identidad falsos. También lograron trabajar sin especiales problemas monseñor Pietro Barbieri, monseñor Pietro Palazzini, monseñor Roberto Ronca y muchos otros. De Palazzini y Ronca hemos hablado en la primera parte del libro, pero es necesario conocer la gesta de Barbieri.


 


Durante todo el período de la ocupación nazi de Italia, monseñor Barbieri, desde su central de la Via Cernaia, 14, tendió una formidable tela de araña de solidaridad humana. Innumerables son los testimonios a su favor de senadores como Bonomi, Cadorna, Nenni, De Gasperi, Andreotti, Merzagora, Sparato, Saragat, Casati, Soleri, Gronchi, Ruini.


 


Si alguien volviese a levantar hoy la red de asistencia a los perseguidos en la ciudad de Roma, señalaría al número 14 de la Via Cernaia. Se trataba de un pequeño portón situado en el barrio umbertino. Dos o tres series de escalones llevaban al apartamento de monseñor Pietro Barbieri, donde entre sillones y librerías se acomodaron hasta quince camas. Otras tantas se colocaron en las demás habitaciones. En ellas comieron y durmieron muchos de los hombres que en la posguerra llegaron a ser presidentes del gobierno, ministros y secretarios de Estado. El número total de estos personajes podría formar por lo menos tres gobiernos. En el otoño y en el invierno de 1943, así como en la primavera de 1944, nadie llamó a la puerta de la Via Cernaia sin recibir ayuda: con frecuencia se trataba de asilo.


 


Monseñor Barbieri estaba dispuesto a ceder, si era necesario, su misma habitación y retirarse al convento cercano; o también tenía siempre a mano una dirección de alguna casa religiosa donde el perseguido podía encontrar refugio. Muchas veces se trataba de ayuda en dinero, alimentos o vestido. Políticos, oprimidos por el fascismo o por el nazismo, judíos escapados de las feroces redadas de Roma, periodistas de cualquier tendencia y opinión, todos encontraron refugio en la Via Cernaia.


 


Las entradas al refugio eran tres: los judíos debían entrar por una, los militares por otra, y los políticos por la tercera.


 


El senador Pietro Nenni, líder del Partido Socialista Italiano, ha escrito que fue monseñor Barbieri “quien le encontró refugio en Letrán en un momento de gran peligro. Recuerdo su generosidad y su coraje en la época de la ocupación nazi de Roma”. Monseñor Barbieri casó a Luciana, hija de Pietro Nenni, y fueron Manolina y Mafalda, las gobernantas del monseñor, quienes prepararon el ajuar proporcionado por los Coen, amigos judíos que tenían un comercio en la Vía del Tritone. Puesto que el matrimonio Nenni había perdido todo en la época de la deportación alemana, prepararon la recepción en el mismo apartamento de monseñor Barbieri.


 


El presidente del Senado, César Merzagora, escribió de monseñor Barbieri en el periódico Idea, en diciembre de 1963: “Guardo de él el recuerdo de su valiosa  labor  desarrollada  en  el  trabajoso,  y  sin embargo luminoso, período de la Resistencia. La fe en la libertad, en la democracia, en la capacidad de reacción de la patria oprimida, fueron entonces la raíz y el sostén de cada una de sus iniciativas. Fue reacio a los honores, nunca pidió sino para dar y no tuvo otro fin en su vida que el de difundir a su alrededor el don de un amor que no conoce límites y que le mereció el agradecimiento de cuantos lograron por el la salvación, la protección y el consuelo.”


 


Uno de los más fieles colaboradores de la labor caritativa de monseñor Barbieri fue el padre Francesco Merlino, quien contaba que “monseñor Barbieri ha sido para mi un auténtico benefactor. Empezó a hospedar perseguidos de todo tipo en el último piso del edificio de la Via Cernaia, 14, donde había instalado las oficinas de la Enciclopedia Católica Italiana”. El padre Merlino era el ecónomo de la Casa de la Sociedad de María (maristas), que se encontraba cerca y debía conseguir provisiones. Recuerdo que salía con un camión destartalado, junto con el hermano Angelo, hacia la zona de Viterbo y precisamente hacia San Lorenzo Nuovo, donde vivían los familiares del hermano Angelo, y allí se cargaba todo bien de Dios, alubias, patatas, aceite, siempre con el permiso de los alemanes, que no imaginaban a quién iban destinados aquellos víveres.”


 


Entre las muchas cualidades de monseñor Barbieri, la más apreciada era su increíble capacidad de multiplicar carnets de identidad falsos, tarjetas de racionamiento y documentos de todo tipo.


 


El padre Mérlino tenía un sobrino inspector en el Poligráfico del Estado, del cual logró obtener a partir del 25 de julio de 1943, un gran número de módulos de tarjetas que se rellenaban con falsos nombres y falsos lugares de origen, por lo demás devastados por los bombardeos. Se instaló una imprenta clandestina en la biblioteca de los padres maristas, en el primer piso, sobre la sacristía; un dentista polaco llamado Giulio era el encargado: sus colaboradores eran el general Raffaele Cadorna, el padre Merlino y el hermano Aldo Gori. Mientras, un cierto Gino Francia se encargaba de añadir a los ficheros romanos los nombres. Los carnets de identidad que llegaron del Poligráfico fueron treinta y siete mil, de los que se utilizaron unos veinte mil. También los sellos se editaban clandestinamente.


 


Fue quizá por esta capacidad por lo que monseñor Barbieri era llamado “el más grande falsificador del mundo”. La capacidad organizativa de monseñor Barbieri era impresionante. Cuenta el padre Merlino que una vez consiguió una gran cantidad de telas de hilo para que se confeccionaran una multitud de vestidos que después distribuía, o para disfrazar a los refugiados y huidos, o para vestir mejor a los prófugos de la zona de Cassino y de Valmontone. Monseñor Barbieri entregaba todo, incluso sus pantalones y su sotana, los sacerdotes que huían de las zonas ocupadas “Un día -recuerda el padre Merlino-, monseñor Barbieri compró a los alemanes un camión entero de arroz y pasta que habían robado de nuestros cuarteles. Eran quince quintales, que yo mismo pagué, tomando el dinero del Banco de Sicilia en la Via de Corso. La cantidad fue proporcionada por el doctor Gualdi, director del Instituto Inmobiliario.” Para ayudar a los necesitados en tiempo de guerra, en patio de la Via Castelfidardo, donde estaban las monjas, se instaló una gran cocina en la que se distribuían más de seis mil comidas al día. El servicio la garantizaba el Instituto Inmobiliario, y de ello se ocupaban cinco o seis monjas y un cierto número de chicas y peones. Por allí pasaban con su tarjeta y su puchero incluso familias normalmente acomodadas. Muchas veces, él mismo o el sacristán cogían las raciones para las más conocidas y las distribuían separadamente.


 


Un capítulo aparte se debería dedicar a la asistencia que monseñor Barbieri prestó a los niños abandonados y, sobre todo, a los huérfanos y a los que eran víctimas de la guerra. Comenzó esta actividad caritativa con seis chicos, cuyos padres habían sido asesinados en las fosas Ardeatinas. Puso a disposición de un grupo de señoras caritativas 260000 liras para que pudieran alojarlos, vestirlos y alimentarlos. Nació así la Obra de la Infancia Abandonada (OIA), que desde 1943 en adelante asistía de quinientos a seiscientos huérfanos, garantizándoles, además de las necesidades vitales, también una educación humana y cristiana.


 


Debido a sus actividades, monseñor Barbieri corría muchos peligros, como cuando los cuatro hermanos judíos Sabatini tuvieron que ser salvados de manera


precipitada, y solamente sorprendieron al anciano abuelo, para después desaparecer en los campos de la muerte solo porqué se había retrasado en el baño.


 


“Eran momentos peligrosos -recuerda el padre Merlino-. Si hubiésemos sido descubiertos, nos habrían fusilado. Por suerte, nosotros no escondíamos armas, sino sólo cristianos. No hemos querido tener nada que ver con armas, incluso cuando los partisanos insistían para encontrarles un escondite.”


 


A pesar de sus muchas responsabilidades, monseñor Barbieri no dejó de lado su misión sacerdotal y así casó al senador Ivanhoe Bonomi, que no era practicante, después de años de convivencia con su esposa.


 


El padre Merlino ha resumido el pensamiento monseñor Barbieri con las siguientes palabras: “Era un hombre de gran caridad. Yo hacía grandes sacrificios, y debía hacer un gran esfuerzo para reunir de diversos sitios, de varios conventos, alguna cosa, sobre todo aceite, que era considerado como algo precioso y peligroso porque estaba prohibido transportarlo, y él lo daba todo... Era de manga ancha: de ideas liberales, no había medidas en los deberes humanitarios. Sin embargo, era recto y profundamente enraizado en los principios religiosos. Era un verdadero sacerdote.”


 


La figura de Monseñor Umberto


 


Cuando Roma cayó en manos de los nazis, monseñor Umberto Dionisi era capellán militar y prestaba asistencia espiritual a más de tres mil quinientos aviadores. “Apenas comenzó la ocupación alemana cuenta monseñor Dionisi- se creó en la zona del Trastevere el problema de los prófugos.” Las cada vez más constantes alarmas, el pánico de las personas, el temor ante un futuro que se presentaba cada vez más negro, motivaron a un grupo de trabajadores del barrio, con don Umberto a la cabeza, a excavar un lugar de refugio bajo los locales de Santa Cecilia:  un amplio refugio antiaéreo en el que no faltaba nada, y entre una broma y otra, una oración y otra, se hacían menos tensas las horas que estaban marcando con sangre otros barrios de Roma, como el de San Lorenzo. Fueron momentos terribles. Cuando los alemanes se hicieron amos de la ciudad comenzó la caza de judíos. “Me preocupé -recuerda don Umberto- por salvar como pudiera a aquellas pobres criaturas. Me advertían de cuándo iba a tener lugar una nueva redada: la voz pasaba de boca en boca inmediatamente. Gracias a Dios estábamos muy unidos entonces en el Trastevere. Hacíamos rondas por turnos.” Y en la Vía dei Salumi defendió abiertamente a algunos judíos contra una patrulla de alemanes armados de ametralladoras: amenazando con denunciarles al Vaticano. Ellos gritaron: “¡Siempre Faticano! ¡Siempre Faticano! Rausch.” Y no pudieron dispararle, dispararon contra las ventanas de las viviendas de los judíos, que, avisados, mientras los alemanes vigilaban la puerta de entrada, habían desaparecido en el edificio de atrás a través de una puerta secreta.


 


La acción de don Umberto se dirigió en aquel período a cuantos no quisieron servir a la República de Saló. Generales, altos oficiales de la Marina, embajadores y varios judíos pasaron por un dormitorio que don Umberto había preparado cerca de su vivienda en Santa Cecilia, precisamente en la buhardilla de las monjas. Se trataba de monjas de clausura estricta, pero los superiores le dieron permiso para derribar un muro, en cuya entrada, para hacerla irreconocible, había preparado un altar móvil con muchos candelabros y objetos sagrados. Al otro lado pasaron nueve meses de martirio una treintena de personas. El reclutamiento de los necesitados se hacía en el vicariato, donde muchos iban a pedir ayuda. Don Umberto había preparado dos refugios: uno en el convento y otro, de emergencia, en un estrecho rincón, entre una buhardilla y otra.


 


Al ingenio humano se unía, como siempre, una buena dosis de Providencia. El problema más grave para don Umberto fue la búsqueda de alimento. Todo estaba racionado y por este motivo se organizó en el Trastevere una fábrica de tarjetas falsas. Don Umberto se puso en contacto con los falsificadores y logró resolver el problema, multiplicando los documentos de identidad para judíos y apátridas. Miles de atestados fueron firmados y sellados con los tristes “certificados de arianidad”. Cuenta don Umberto que esta actividad se desarrolló gracias a un cierto Schwartz, “un judío inteligentísimo, agregado en la Cruz Roja y que bajo esta identidad gestionaba una red muy amplia de relaciones y beneficencias”. En la posguerra, Schwartz trabajó para la FAO.


 


Más testimonios: las Hermanas de María Niña


 


Las Hermanas de la Caridad, más conocidas como Hermanas de María Niña, tienen una casa en la Vía di Sant'Uffizio, justo al lado izquierdo de la columnata de la plaza de San Pedro. El edificio tiene un origen noble y antiguo, y lleva esculpido en muchos lugares el escudo del Papa Urbano VIII de los Barberini, que lo hizo construir como villa propia hacia el 1600. Utilizado como edificio escolar, dispone de una hermosa terraza que domina la plaza de San Pedro. También para ellas fueron años terribles, pero no dejaron de desempeñar la caridad que es parte de su carisma. Sor Eugenia Lorenzi, que ha recogido los testimonies de las hermanas de su comunidad, refiere que, a pesar de las garantías de los aliados, los años de la segunda guerra mundial se caracterizaron también en Roma por mementos terribles en los que el miedo, la angustia, el hambre, los peligros y las tensiones marcaban la vida de la escuela. La situación empeoró en 1943, porque tanto las alumnas como las maestras intentaron aliviar el inmenso dolor de los refugiados y prófugos que se presentaban en la puerta del convento.


 


Resumiendo del diario de guerra de sor Eugenia:


 


“En el primer trienio 1940-1943, ningún peligro parecía amenazar la ciudad... Todos estaban convencidos de que los horrores de la guerra no llegarían a la sede del Vicario de Cristo, cuna de la civilización europea. Pero el 19 de julio de 1943, fiesta de San Vicente de Paula, la situación cambió: un terrible bombardeo se abatió sobre Roma, quedando dañados el barrio de San Lorenzo y el aeropuerto, provocando víctimas, muertos y heridos, y dejando a unas cuarenta y cinco mil personas sin techo... Multitudes de afectados llaman a nuestra puerta, entre ellos veintidós monjas españolas, pidiendo ayuda. Pronto las aulas se convierten en dormitorios, el salón en comedor, la cocina en el centro de gravedad de la casa... Después del bombardeo se han establecido 120 personas en la escuela: entre ellas, judíos perseguidos, personas de alto rango, recomendadas por la Santa Sede, por la misma Secretaría de Estado que, en nombre del Papa Pío XII, pedía que acogiésemos a familias o políticos perseguidos...


 


“Cuando el espacio se llenó, se pensó en abrir una casa en la Vía della Camilluccia, donde encontraron asilo más de treinta personas... Dar refugio a judíos significaba exponerse a durísimas penas impuestas por las leyes alemanas y al peligro de una pesquisa por parte de la policía alemana o fascista, cosa que tuvo lugar el 22 de octubre: ocho soldados alemanes con un oficial y un fascista se presentaron en nuestra puerta pero, gracias a la protección de san José, una vez que vieron el documento que declaraba al Colegio de María Niña propiedad extraterritorial de la Santa Sede, debidamente regularizado por el Vaticano y por el alto mando alemán, se retiraron sin oposición. ¡Los refugiados están salvados! Pero con qué miedo...


 


“El inicio del año escolar 1943-1944 -continúa sor Eugenia- encuentra las aulas ocupadas y los refugiados no piensan buscar otro alojamiento... Por otro lado, no es posible dejar de abrir la escuela... se incumplirían los derechos de equiparación, declarados hace poco. Se ponen en marcha los medios más ingeniosos para llevar adelante las dos tareas: las clases se imparten en horario doble; el gimnasio se transforma en tres aulas cuyo muro de división lo constituyen bañeras alineadas... con qué molestia... y humorismo, se intuye. La situación de Roma se hace más grave en 1944: opresión alemana, falta de recursos, el espectro del hambre, los registros y vigilancias hacen que se piense en pedir a los refugiados que busquen un lugar más seguro... pero de la Secretaría de Estado llega una invitación a abandonar tal decisión, enviando un destacamento de guardias palatinos que se turnan día y noche para defender la casa. Un letrero bilingüe, firmado por el coronel alemán Stahel y por las autoridades vaticanas, indica la extraterritorialidad, lo que implica la exención jurídica de registros y embargos. Un tercer bombardeo, el 1 de marzo de 1944, deja caer seis bombas cerca de la casa, intentando golpear al Vaticano. También en esta ocasión nos protege san José.


 


Ninguna víctima... sólo el ruido de cristales hechos pedazos y tejas que vuelan por los techos... Finalmente, el 2-4 de junio, a través de la Vía di Sant'Uffizio, un ininterrumpido ejército de soldados, de cañones, de tanques abandona el Vaticano. El ejército alemán se retira de Roma sin disparar un tiro, mientras entran las tropas aliadas, que son acogidas con un entusiasmo arrebatador. La misma tarde del 4 de junio, desde la terraza, monjas, refugiados y alumnas asisten a un espectáculo inolvidable: un río de gente se dirige a la plaza de San Pedro, aclamando al Papa -Pío XII-, que aparece en la ventana bendiciendo y agradeciéndole todo a la Virgen del Divino Amor, la Virgen de los romanos. Después de algunos meses, los queridos huéspedes dejan la casa, tras haber rezado y agradecido a María Niña el haberles protegido y bendecido. Sin embargo, para la comunidad comienza otra época de actividad caritativa, confiada por la Santa Sede: todas las semanas se envían prendas de vestir desde el Vaticano para preparar y enviar a los afectados de las distintas parroquias. Las monjas le echan una mano a la Oficina de Información del Vaticano, preparando miles de mensajes para los prisioneros y pasando a máquina las peticiones de las diócesis de subvenciones para edificios religiosos dañados por los bombardeos. Algunos judíos que han sido huéspedes de nuestra casa y mantenido contacto con la religión católica, sobre todo por la caridad manifestada por ella también a través del Papa, dejan ofrendas para la nueva capilla y para el santuario dedicado a María Niña, en Milán, completamente destruido por el bombardeo del 15 de agosto de 1943. Entre ellos está el senador Isaia Levi y su esposa, de religión judía, como confirma una carta del cardenal Gustavo Testa, que se acercan a los sacramentos y desean participar económicamente en la reedificación de la capilla.”


 


Entre las muchas cartas de agradecimiento por cuanto hicieron las Hermanas de María Niña, impresiona el testimonio de Giacomo Terracina, un judío que perdió a su familia en Auschwitz. Con ocasión del centenario de la fundación de las Hermanas de María Niña, en 1995 Terracina escribió:


 


“Me alegro al recordar con gratitud la hospitalidad afectuosa que recibí en el terrible invierno 1943-1944, cuando se cerraban tantas puertas para los perseguidos.


 


“También recuerdo a mis pobres abuelos y a otros familiares arrestados por los nazis en la redada del 16 de octubre de 1943 en Rama y deportados, sin retorno, al campo de exterminio de Auschwitz.


 


“Recemos por las víctimas y por los verdugos.


 


“La Biblia nos enseña que es necesario perdonar, pero no absolver.


 


“¿Qué quiere decir esta sólo aparente contradicción?


 


“Quiere decir que se debe hacer justicia, pero sin odio. En recuerdo de todos los Justos.”


 


Sor Margherita Marchione y las Pías Maestras Filipinas


 


Sor Margherita Marchione, religiosa norteamericana de origen italiano, que lleva a cabo desde hace años un apasionante estudio histórico sobre la figura y la obra del Papa Pacelli en el período de la segunda guerra mundial, ha documentado los sucesos de las Pías Maestras Filipinas, que durante dicha guerra hospedaron en la


 


Vía delle Botteghe Oscure a muchísimos refugiados.


 


“La Congregación de las Pías Maestras Filipinas, a la cual pertenezco -ha dicho sor Margherita-, ha permanecido desde hace trescientos años como “hija de la Santa Sede”. En 1707 Clemente XI nos llamó de Montefiascone a Roma para abrir escuelas para la juventud y, desde entonces, nos sentimos especialmente unidas al Papa.”Haciendo algunas investigaciones sobre la historia de la congregación, sor Margherita llegó a conocer los sucesos del convento en la Vía delle Botteghe Oscure en Roma, durante la segunda guerra mundial. “Quedé sorprendida, impactada”, confía. Tuvo la oportunidad de recoger los testimonios directos de sus hermanas más ancianas que habían vivido los dramáticos días de la ocupación de Roma. Algunas de estas hermanas viven todavía. Surge así la heroica solicitud cristiana, que desprecia todo peligro, con la que las “hermanitas” tuvieron escondidas a muchísimas personas perseguidas, no sólo a los judíos del gueto vecino.


 


“Testigos directos cuenta sor Margherita me han confirmado cómo, siguiendo la voluntad del Papa, los conventos romanos abrieron sus puertas a quien tuviera necesidad, sin distinción de religión o de ideas política”. Así lo hicieron mis hermanas de la Vía delle Botteghe Oscure. Fue un riesgo enorme esconder durante más de un año a 114 personas, hombres y mujeres, adultos y niños. Pero las hermanas no abrigaron nunca ninguna duda.” Las hermanas acogieron a los romanos perseguidos en tres conventos: en la Vía delle Botteghe Oscure, en la Vía Caboto y en la Vía delle Fornaci. En el primero, sesenta personas fueron alojadas cómodamente en apartamentos con dormitorio, lavandería y servicios. Durante los bombardeos, todos, hermanas y huéspedes, se refugiaban en el sótano que, como refiere sor Margherita, “todavía hoy parece una catacumba”. Narra sor Maria Pucci, una de las protagonistas: “En nuestra casa de la Vía Caboto se acogió a veinticinco personas: algún anciano, jóvenes esposos y también niños. Unos quince estaban en el hueco de la escalera con todo lo que se había podido salvar, incluso el género de sus negocios. Los demás estaban en los locales del asilo, donde se habían acondicionado dos habitaciones...” Sor Domenica Mitaritonna añade que: “Las Pías Maestras Filipinas enseñaban durante el día mientras por la tarde, en turnos, hacían guardia para proteger a sus huéspedes. Una noche un camión paró delante del convento. Mientras los soldados alemanes se preparaban para entrar, pensando que había un refugio o un escondite de armas, un señor les advirtió desde la ventana que sólo se trataba de una escuela primaria. Los alemanes se fueron...” Sor Lucia Mangone iba todos los días al mercado para poder alimentar a las personas refugiadas, pero no era fácil encontrar siempre el alimento necesario para guitar el hambre a todos. A las monjas no les faltaba valor. Sor Lucia se presentó ante un general alemán y consiguió el permiso de comprar un camión de arroz. Naturalmente no dijo quiénes se lo iban a comer... Sor Asunta Crocenzi hablaba alemán y podía dirigirse a los soldados con facilidad. Para evitar la sospecha de que en el convento se habían refugiado judíos, decidió invitar a algunos alemanes a comer. En vez de llamar al número 20 de la Via delle Botteghe Oscure, los soldados llamaron al número 19 donde, precisamente, estaban hospedados los judíos. La hermana que hacía guardia no hablaba alemán y con gestos, les hizo entender que no podía abrir la puerta porque aquel lugar era de clausura. Gracias al cielo, los soldados lo entendieron y llamaron a la siguiente puerta.


Al final de la guerra, un grupo de mujeres judías, hospedadas por las monjas en la Vía delle Botteghe Oscure, quiso dejar una señal de su gratitud. Revela sor Margherita que “su regalo fue una estatua de la Virgen que todavía hoy se puede admirar en los locales del convento, donde los judíos fueron acogidos”.


 


Testimonio de una judía conversa


 


Singular es la historia de sor Gertrude, que cuenta: “Algunos se lamentan de la falta de documentos que certifiquen la ayuda que la Iglesia, a través de los obispos, habría dado a los judíos. Por eso me siento en el deber de contar la historia de mi familia. Éramos cuatro: mi padre, mi madre, mi hermano y yo”. Habíamos tenido que huir de la Alemania nazi y vivíamos, desde marzo de 1937, en Florencia. Mi padre era pintor y mi madre también era artista y, como tales, fascinados por la cultura cristiana italiana desde su juventud, pensaron que no se podía vivir en Italia sin ser católicos y, por eso, en la Navidad de 1938 fuimos bautizados los cuatro en el baptisterio de San Juan de Dante.


 


“En 1939, durante la visita de Hitler a Italia -continúa sor Gertrude-, mi padre fue encarcelado como judío alemán, pero sólo durante unos días: en efecto, el bautismo no nos quitaba la "raza", de lo que éramos conscientes, pero no nos habíamos hecho cristianos para escapar a nuestro destino, especialmente yo, por la profunda convicción de que sólo en Cristo la vida humana se sumerge en Dios. Con la ocupación de Italia por los alemanes, justo después del 8 de septiembre de 1943, nos vimos obligados a escondernos. ¿Dónde? Mi padre encontró refugio con una familia modesta conocida: de los dos esposos, él era artesano y ella lavandera, pero de una humanidad y una valentía realmente increíbles. Mi madre pidió ayuda a la curia florentina y el secretario del arzobispo, Elia della Costa, la alojó en un monasterio de benedictinas, puesto que el arzobispo había ordenado a las monjas que abrieran la clausura. Mi hermano era amigo de un seminarista, tenía diecinueve años y el rector del seminario mayor lo escondió en el seminario menor de Florencia, donde permaneció hasta la liberación de Roma. Después, atravesó el frente, y en Roma trabajó en el Vaticano en las oficinas que buscaban a los desaparecidos de guerra, dirigidas por monseñor Montini. Yo, que tenía veintiún anos, ya había entrado en el convento en el que todavía vivo hoy pero sólo era postulante. Pedí a la superiora que me buscara un refugio fuera del convento, porque en el pueblo se sabía que yo era judía y no quería poner a mis hermanas en peligro. La superiora pidió consejo al vicario para las religiosas y él, siempre por orden del arzobispo, me envió primero a un monasterio, pero como no estaba garantizada la seguridad porque se encontraba en plena ciudad, me mandó al mismo monasterio donde estaba alojada mi madre y allí pasamos juntas cerca de diez meses, sintiéndonos atemorizadas y siempre con angustia por nuestros "hombres", el padre y el hermano, de quienes nos llegaban algunas pocas noticias por medio de amigos.”


 


Cuenta sor Gertrude que “las monjas benedictinas tuvieron una gentileza inmensa. Repartían la poca comida de las tarjetas de racionamiento con nosotras, que no teníamos. La abadesa, consciente del peligro, no nos dejó irnos ni siquiera cuando los alemanes irrumpieron en un convento y deportaron a todas las judías escondidas en él. Nosotras nos podríamos haber refugiado en los bosques, aunque era invierno, para no poner en peligro a las monjas, pero ellas no quisieron ni oír hablar de la idea.


 


“Si mi familia, después de que los alemanes dejaron atrás Florencia, pudo volverse a reunir, fue gracias a todas estas personas, y es verdad lo que se dice:  los  fascistas  persiguieron  a los judíos y los italianos los salvaron; yo añado: la Iglesia los salvó”.


 


Como prueba de la gran ayuda de la Iglesia, sor Gertrude cuenta que, “en los años cincuenta, cuando mi hermano recurrió para conseguir en Alemania una compensación patrimonial, como se prometía a los judíos, se necesitaba un testimonio de nuestras peripecias. Entonces los tres monseñores que nos habían escondido, el secretario del arzobispo, monseñor Meneghello, que ayudó a muchísimas personas, el vicario y el rector del seminario vinieron con nosotros al juzgado para suscribir un testimonio. De mi familia sólo estoy viva yo, pero puedo asegurar que nuestra gratitud jamás ha decaído...”