domingo, 27 de noviembre de 2011

tributo al angelito Felipe Cruzat









¿Quién iba a pensar que el niño que movió tantos corazones en su país y en otros lugares iba a morir a los 11 años porque el suyo había dejado de latir? Es la historia de Felipe Cruzat, que nació el 27 de junio de 1997 en Santiago de Chile. En su corta vida nos enseñó muchas cosas: una gran amistad con Jesús y María, el valor de una familia unida a Dios, y cómo vivir alegre a pesar de los dolores físicos que le causaba su enfermedad.

Felipe era un niño normal. Gonzalo, su padre, escribió el libro titulado “Felipe de Asís”, en el cual nos relata cómo era su hijo. Nos dice que «desde muy pequeño se destacó por su alegría y gran entusiasmo, demostrando un carácter muy especial: manso de espíritu, pureza de corazón, optimista, alegre, respetuoso, cariñoso y juguetón». Le gustaba mucho el fútbol y a la vez era muy espiritual: «me pedía todas las noches leer la Biblia, como si supiera que en ese libro sagrado estaba la única salida para su enfermedad».

A los 6 años estaba jugando con sus primos en la playa y de repente corrió hacia el mar. Todos pensaron que era una de sus bromas, pero al verlo chocar con una persona y quedarse inconsciente, vieron que no era un juego. Después de unos minutos se despertó con algunos problemas de coordinación. De vuelta a la capital le llevaron al doctor y le diagnosticaron epilepsia. Al fin y al cabo no era tan grave. Pero al hacerle una resonancia magnética buscando el origen de su enfermedad, el neurólogo vio dos lesiones simétricas en la base de su cerebro, cosa que daba un futuro incierto para Felipe.

Felipe se propuso aprovechar al máximo el tiempo que le quedaba de vida. Su padre dice que potenció todas sus virtudes, especialmente el optimismo, la simpatía y la solidaridad. La vida espiritual de la familia creció aún más, ofreciendo todos los rezos y misas por su recuperación.

A pesar de las medicinas, a inicios del año 2005 las convulsiones epilépticas volvieron a asustar a la familia Cruzat. Felipe repitió segundo de primaria a causa de la fuerte dosis de medicamentos que tomaba, pero él sólo se preocupaba de vivir de acuerdo a lo que aprendía de Jesús. «Todos son mis amigos, sólo que con algunos comparto más», fue su respuesta a quien le preguntó sobre quiénes eran sus mejores amigos.

A inicios del año 2007 los médicos tuvieron que operarle de urgencia para ponerle un marcapasos. Pese al progresivo debilitamiento de Felipe, nunca se alejó de Dios. Su madre y los médicos recuerdan cómo se alteró al no sentir su escapulario cuando salió del pabellón y sólo se tranquilizó cuando su madre, Ignacia, le hizo ver que lo tenía atado a su muñeca.

En el año 2008 Felipe le dijo a su padre: «Papá, Jesús me va a dar un cuerpo nuevo, un cuerpo que no se enferma. No es un cuerpo de ángel, sino uno humano que no se enferma». Esto muestra la cercanía espiritual que tenía Felipe con Jesús.

A pesar de todos sus sufrimientos, Felipe siempre pensaba en los demás. Tenía maravillados a las enfermeras y a los doctores por su colaboración durante el tratamiento. Nunca se quejaba. También por su caridad y seguridad al hablarles sobre las Sagradas Escrituras. Además, ayudó a muchos compañeros de habitación que sufrían otras enfermedades a su lado. Un día, en la celebración familiar de Navidad, se empezó a sentir mal estando en la casa de sus primos. Le ofrecieron volver a casa, pero se negó porque iba a ser injusto con sus hermanos.

Durante el periodo de su enfermedad, su familia estuvo muy cerca de los franciscanos y de los sacerdotes del colegio de Felipe: Sagrados Corazones de Manquehue. Muchos de ellos le visitaron en el hospital y Felipe se ponía muy contento por ello. El superior de ese tiempo de la orden franciscana, el P. Salgado, le dijo a su padre: «Felipe es realmente un hermano franciscano». Muchos se sorprendieron cuando Felipe dijo que a partir del 27 de febrero del año 2009, Fray Andresito, un sacerdote franciscano que murió en el año 1854, le visitaba a veces por las noches.

En el año 2009 era evidente que Felipe necesitaba un nuevo corazón. Él era muy consciente de lo que le pasaba. Su madre le dijo un día: «Yo te daré mi corazón». Felipe respondió: «¡Ni loco, mamá, prefiero morirme!».

Así comenzó una gran campaña televisiva pidiendo un corazón para Felipe. Pasaron 14 semanas de angustia donde la salud de Felipe iba empeorando y no aparecían los donantes. Gracias a Dios se abrió una nueva ventana y se pensó en ponerle un corazón artificial. Felipe le dijo a su madre: «Mamá, ten fuerza; pero acá se hará la voluntad de Dios, no la nuestra».

Tras una larga operación, el 20 de marzo del año 2009, le pusieron el corazón artificial. Su cuerpo reaccionó bien y lentamente se fue recuperando. Pero el día 3 de abril del mismo año, primer viernes de mes, a las 15:00 hrs., pasó algo inesperado: una hemorragia irremediable trajo la muerte de Felipe. Con esto, muchas personas se unieron en oración y fueron dejando muestras de cariño a sus familiares. Todos ellos expresaban estar conmovidos por el ejemplo que les dejó.

Fue enterrado el día 5 de abril, con la cruz Tau (la cruz de los franciscanos) sobre el ataúd. Esa misma cruz apareció misteriosamente al día siguiente junto a su tumba. Su padre la tomó como un regalo de su hijo recordando lo último que le dijo Felipito antes de entrar a su última operación: «Papa, te quiero hasta el infinito».