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jueves, 29 de mayo de 2014

JACQUES DE MOLAY CONDENADO A LA HOGUERA

Jacques Bernard de Molay (hacia 1240 a 1244 - 18 de marzo de 1314) fue un noble franco y último Gran Maestre de la Orden del Temple. Estudiosos nobiliarios incluyen a Molay en la genealogía de Lonvy, al ser Molay una población del Señorío de Rahon, propiedad del padre de Jacques de Molay. Jacques Bernard de Molay nació en Borgoña entre 1240 y 1244 (aunque hay ciertas versiones que especifican que fue en el año 1243 y otros en el 1244, en la ciudad de Vitrey, departamento de Haute Sâone), hijo de Juan, Señor de Lonvy, heredero de Mathe y Señor de Rahon, gran población cerca de Dôle, de la cual dependían muchas otras, pero principalmente Molay, y esta a su vez, era una parroquia de la Diócesis de Besançon, en el Deanato de Nenblans. En 1265, en la ciudad de Beaune (Francia) se unió a la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo (más tarde llamados Caballeros del Templo de Salomón), conocidos comúnmente como Caballeros Templarios u Orden del Temple, recibiéndole el Fraile Imbert de Perand, visitador de Francia y del Portu, en la capilla del Temple de la residencia de Beaune. En 1293, figura con el título de Gran Maestre tras la muerte de Thibaud Gaudin el 16 de abril de 1292. Así se convirtió en el 23.° y último Gran Maestre. Organizó entre 1293 y 1305 múltiples expediciones contra los musulmanes y logró entrar en Jerusalén en 1298, derrotando al Sultán de Egipto, Malej Nacer, en 1299 cerca de la ciudad de Emesa. En 1300 organizó una incursión contra Alejandría y estuvo a punto de recuperar la ciudad de Tartus, en la costa siria, para la cristiandad. En 1307, el Papa Clemente V, Beltrán de Goth y el rey de Francia Felipe IV "El Hermoso" ordenaron la detención de Jacques de Molay bajo la acusación de sacrilegio contra la Santa Cruz, simonía, herejía e idolatría (ver Baphomet). Molay declaró y reconoció, bajo tortura, los cargos que le habían sido impuestos; aunque con posterioridad se retractó, y por ello en 1314 fue quemado vivo frente a la Catedral de Notre Dame, donde nuevamente volvió a retractarse, en forma pública, de cuantas acusaciones se había visto obligado a admitir, proclamando la inocencia de la Orden y, según la leyenda, maldiciendo a los culpables de la conspiración: « "Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir." "Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!... A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año..."» En el plazo de un año, dicha maldición supúsose que comenzaba a cumplirse, con la muerte de Clemente V († 20 de abril de 1314); de Felipe IV (según Maurice Druon, a causa de un accidente cerebrovascular durante una expedición de caza el 29 de noviembre de 1314) ; y finalmente de Guillermo de Nogaret (envenenado ese mismo año).

Dos Santos, Marcelo Claudio. Jacques de Molay, el último Gran Maestre Templario. Aguilar, Madrid, 2006-2011. ISBN 84-03-09675-5 Druon, Maurice. Los Reyes Malditos. Javier Vergara editor, 1965.


































































































El 18 de marzo de 1314, hace 700 años, murió en la hoguera Jacques de Molay, el último maestre de los templarios, por orden del rey de Francia Felipe IV el Hermoso. Tenía 70 años, un cuerpo magullado por la tortura y probablemente también sufría una cierta enajenación mental como consecuencia de 7 años de prisión. La caída de Molay fue muy precipitada, a pesar de ser uno de los caballeros más poderosos de su tiempo. Un día antes de su encarcelamiento ocupó un lugar preferente en los funerales de la cuñada del rey, sin percatarse de ningún peligro... y sin embargo, unas horas más tarde fue prendido por la guardia real mientras dormía, acusado de delitos gravísimos, que reconoció, probablemente después de ser sometido a tortura. Poco después ratificó públicamente su confesión ante los doctores de la Universidad de París reunidos en la catedral de Notre Dame. Era lo más conveniente ante una acusación de herejía, reconocer los pecados, aceptar la culpa y solicitar la reconciliación con la Iglesia. Sin embargo De Molay negó las acusaciones más tarde, cuando declaró ante el papa sin la presión del rey. Después su debilidad de carácter le llevó a desdecirse en varias ocasiones, aceptando y rechazando los cargos en su contra, lo que arruinó su prestigio. El rey había ordenado mantener preso al maestre, junto con otros mandatarios del Temple, en las mazmorras de su palacio en París durante los siete largos años que duró el proceso. El papa ya había ordenado la disolución del Temple, algunos caballeros habían sido quemados, otros renunciaron a sus privilegios y vivían recluidos en conventos, de manera que toda resistencia había sido sofocada. El asunto estaba zanjado y solo faltaba decidir qué hacer con los dirigentes de la Orden. La mañana del 18 de marzo, un tribunal inquisitorial convocó a De Molay y sus compañeros en la plaza de la catedral para comunicarles la sentencia de cadena perpetua, bastante favorable para los reos. Sin embargo el Gran maestre, para asombro del tribunal, tomó la palabra para defender su inocencia. Los inquisidores quisieron ocultar lo ocurrido, pero el rey fue informado rápidamente y ordenó la ejecución por tratarse de herejes relapsos, recalcitrantes en su error, que debían ser ajusticiados por el brazo secular. Si la condena había sido pública, la ejecución fue casi secreta, sin testigos, a la hora de vísperas, después de la puesta de sol, en un pequeño islote sobre el Sena cercano a la isla de la Cité, para evitar tumultos. Un testigo de los hechos describe la escena: Al ver la hoguera dispuesta, el maestre se quitó las vestiduras y quedó allí en pie, en camisa… cuando le iban a atar dijo: dejadme unir las manos para rezar... Dios sabe que mi muerte es injusta y dentro de poco muchos males caerán sobre los que nos han condenado. Dios vengará nuestra muerte... Murió con tanta dulzura que todo el mundo quedó asombrado. Las últimas palabras del maestre fueron premonitorias, el papa y el rey murieron poco después, y ahí nació la leyenda de la maldición del último templario. ¿Por qué cayó el Temple? Visto desde nuestro tiempo, podríamos decir que el juicio de los templarios fue un caso de corrupción generalizada, en el que no fueron inocentes ni los acusados, De Molay y los suyos, ni los acusadores, el papa Clemente, el ministro Nogaret, y el rey Felipe. Los cargos principales fueron 4: negación de Jesucristo, besos obscenos durante la profesión, sodomía e idolatría. Pero había otras acusaciones, sobre todo la avaricia y la corrupción por los enormes tesoros acumulados por los templarios. Ni que decir tiene que el culto a las reliquias, tan extendido en la época, tenía algo de idolatría, y que la corrupción de las costumbres estaba bastante generalizada en la milicia. El propio San Bernardo había dicho que muchos caballeros eran afeminados, ladrones, violadores y perjuros… Acusar a los templarios de creer que Jesucristo era un falso profeta, era una forma de recordar sus antiguos tratos con Saladino, cuando en la guerra todo el mundo hacía pactos. Y por último, si alguien destacó por su codicia fue el rey que se apropió de todas las cosas de valor de la Orden. Solo si analizamos las grandes tendencias de la Historia podremos comprender lo ocurrido. En 1291 cayó Acre, la última posición de los cruzados en Tierra Santa. Las Órdenes Militares habían fracasado, por lo que debían desaparecer o transformarse. El rey, como majestad cristianísima, exigía la completa sumisión de la Iglesia a sus proyectos políticos. El nuevo papa Clemente, el francés Bertrand de Got, así lo entendió, se doblegó a sus mandatos e instaló su curia en Aviñón. Jacques de Molay, en cambio, pensaba que vivía en otra época, y que eran los reyes los que tenían que secundar sus irreales proyectos de cruzada. Murió por eso, por no comprender los cambios de su tiempo. Francisco Ruiz es Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Castilla-La Mancha